Las terapias “alternativas”

por Marcelo J. Fleischer

Ya que la medicina científica no descarta ninguna línea de investigación, no nos referiremos a las “terapias alternativas”, sino más precisamente a los métodos que no han demostrado utilidad alguna en el tratamiento del cáncer. En realidad, bastaría con demostrar la eficacia de un método alternativo para que deje de serlo (o la ineficacia de uno acreditado para que pierda su rango). No se trata de un proceso automático, desde luego, pero es menos probable que una impostura prevalezca donde se valora por sobre todo el estudio, el libre examen y la experimentación. A dichas prácticas asociadas -patrimonio de la verdadera ciencia- y a su enorme difusión -peculiaridad histórica que nos toca vivir-, debemos cada progreso en la medicina llamada occidental, cuyos aportes, tantas veces ignorados a fuerza de costumbre, nos benefician desde el momento de nuestra concepción.

Indudablemente, hay otras cualidades importantes que también pueden ser propias de métodos no necesariamente científicos, como ser: el ejercicio de la intuición (ojo clínico); la experiencia que otorga estudiar, observar y describir pacientemente signos y síntomas; o la utilización de recursos naturales con fines terapéuticos. La diferencia radica en la organización de los conocimientos: en la medicina científica, tanto la comprensión de las enfermedades como el uso de los recursos terapéuticos (naturales, sintéticos o semisintéticos) proceden de acuerdo a un arreglo sistemático del conocimiento. De este modo se pretende distinguir, entre los fenómenos, a los que están unidos por una relación de causalidad; y por ende no se atribuyen los éxitos o fracasos a la magia, o a vagas energías reveladas a unos cuantos esclarecidos. Lo cual no es tarea sencilla: invariablemente significa observación, recolección de datos, creación de hipótesis mediante razonamiento inductivo y comprobación de la hipótesis mediante observaciones repetidas y experimentos controlados. Pero tanto esfuerzo da frutos muy apreciados (aunque no por todos), como la reducción de la parcialidad, el dogmatismo y el fraude. Más obvia es la diferencia en los resultados, que en la medicina científica son mensurables y están sometidos a un proceso de constante verificación.

Tras miles de años de ritos y encantamientos, el chamanismo no ha logrado prolongar la vida ni mejorar sustancialmente la salud* de sus aficionados. Hasta la irrupción de la moderna medicina científica, tributaria tanto de la Ilustración como de la Revolución Industrial, todas las corrientes médicas -con más o menos fundamentos- habían mostrado siempre análoga ineficacia. La moderna medicina científica, de la mano del progreso en otras disciplinas -indirectamente vinculadas a la salud- sigue salvando las vidas y aliviando los padecimientos de millones cada día. Esto es posible gracias a un viejo motor, el que articula compasión e ingenio, tenazmente aferrado a la guía de la razón e impulsado por niveles crecientes de especialización y cooperación. No es posible mejorar la salud si previamente no se han comprendido las fuerzas que operan en su favor.

Este artículo no está dirigido a quienes no tienen más opción que poner su salud en manos de un hechicero, ni a personas crédulas, ni a quienes creen que el saber es perjudicial. Pero no se trata de objetar -y mucho menos de combatir- una u otra fe, sino de alentar, además de la acción, la imparcialidad (ante quienquiera que juzgue racionalmente, la verdad se defiende sola). Consideramos inherente a toda sociedad abierta la observancia del derecho a iniciar o interrumpir cualquier tipo de tratamiento, oficial o alternativo; la soberanía sobre el propio cuerpo debe ser tan sagrada, y tan fervorosamente defendida como, verbigracia, la libertad de culto. Pero este reconocimiento no nos impide animar a todos los interesados a que busquen, identifiquen y compartan la información fiable. De ellos depende, en gran medida, la difusión y el buen uso de los conocimientos médicos.

Huelga señalar que el consejo de un médico experimentado es un factor cardinal en el proceso de tomar decisiones acertadas; pero esa circunstancia no debiera dispensar de la responsabilidad que a cada uno le cabe por la salud de su propio cuerpo. Hoy disponemos de medios que, bien utilizados, permiten a cualquier interesado acceder a fuentes escrupulosas de información. Haríamos bien en desconfiar de aquellos que -sean o no médicos- nos invitan a ignorar, menospreciar o rechazar esos medios.

Por último, algunos avisos útiles para identificar a las pseudo-ciencias. Estas últimas, disfrazadas a fin de lograr ventaja y respetabilidad, tienen mucho que ocultar bajo los modos y atuendos adquiridos por sus representantes. Provistas de diversos grados -a veces inverosímilmente altos- de popularidad y prestigio, se sostienen a expensas de ignorancia y sumisión, anunciando supuestos éxitos y ocultando fracasos evidentes. Por abstruso que sea su lenguaje, sus postulados y conclusiones nunca dependen de un sistema que exige evidencias y resultados coherentes, sino del dictamen de un individuo o de una casta inmune a la crítica. La ciencia, en cambio, si es auténtica, advierte la infinita complejidad de lo real, y es reconociendo sus límites como vislumbra posibilidades. Su grandeza, cifrada en objetividad y apertura, proviene, en definitiva, de la humildad.

* Nos referimos a la salud física; el concepto de salud mental carece de validez universal.

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Equipo Médico de Centro Médico Fleischer.
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