¿La droga que cura todos los tipos de cáncer ya fue desarrollada y se la oculta deliberadamente?

Marcelo J. Fleischer
Mariana L. Moyano

Como buena teoría conspirativa, esta creencia popular se apoya en dos pilares fundamentales: deseo en estado puro, librado a sus fantasías, y simple ignorancia. Estos, además, se dan mutuo sustento, asegurando así la persistencia del mito.

Son particularmente obstinados aquellos mitos que explotan el intenso y profundo deseo de hallar soluciones fáciles a problemas complejos. Quienes los promueven dan siempre por sentado algún oscuro complot; por eso, consideran que toda enfermedad actualmente incurable representa un desafío legal o policial más que científico y técnico: a su juicio, bastaría con encontrar y castigar a los culpables de haber diseminado el mal, o escondido su remedio, para corregir o prevenir el daño. Desafortunadamente, clamar justicia no soluciona esta clase de problemas.

El desarrollo de un fármaco útil en el tratamiento de pacientes oncológicos demanda -como pocos entre los más sofisticados productos industriales- inversiones descomunales en infraestructura, tecnología y tiempo de trabajo especializado. Toda clase de profesionales altamente capacitados deben cooperar durante años, concientes de las escasas probabilidades que tienen de alcanzar los objetivos comunes. Aún en el mejor de los casos, los resultados no serán confiables hasta las últimas etapas de la investigación clínica. Y nos referimos, cabe destacarse, a una única molécula con algún potencial terapéutico, por lo general restringido a un grupo de pacientes estrictamente seleccionados.

Se arguye que la droga milagrosa estaría en manos de seres inescrupulosos que prefieren enriquecerse vendiendo drogas menos eficaces. Sin embargo, los laboratorios no pueden darse el lujo de reposar en sus logros pasados: para mantenerse en un medio tan exigente deben innovar; de lo contrario, se verán forzados a vender activos, o a fusionarse, si es que no desaparecen del mercado eclipsados por la competencia.

El precio de cualquier fármaco puede ser en todo momento derribado por distintos factores, los que mencionamos a continuación entre otros:

* Descrédito inesperado en la etapa de fármacovigilancia (con el medicamento a la venta), por efectos adversos previamente desconocidos.
* Lanzamiento de nuevos fármacos autorizados para el tratamiento de un mismo mal.
* Balance costo-beneficio: aún los fármacos más prometedores pueden fallar en este aspecto -siempre difícil de calcular y más aún de anticipar-, obligando a moderar las expectativas económicas.
* Vencimiento de patente: las moléculas más exitosas, una vez liberada su producción y comercialización, quedan expuestas a los rigores de la competencia.

Si el engaño al que alude el mito de “la panacea oculta” es motivado por mero afán de lucro, cuesta entender porqué se sigue demorando la presentación de un medicamento que no pocos gobiernos estarían dispuestos a adquirir -de inmediato y durante años- en nombre de la salud pública, y a cambio del cual no pocos individuos entregarían sin vacilar todo su patrimonio.

Ocultar la droga milagrosa sería equivalente a renunciar al dominio exclusivo de fortunas inimaginables y crecientes, arriesgando además la posibilidad de que otros descubran o logren apropiarse de la fórmula secreta (tras haberse invertido enormes cantidades de tiempo, dinero y esfuerzo en tan incierto negocio).

Como habrá inferido el lector, la mejor prueba de que no existe semejante panacea es que la misma no está disponible.

El espíritu científico, indiferente a los mitos, no espera milagros ni busca responsables; la farmacología oncológica progresa en realidad lentamente, aunque sin descanso, abordando uno a uno los infinitos enigmas que plantea cada tipo de cáncer.

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Equipo Médico de Centro Médico Fleischer.
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